La playlist de Humo – Cuando la música sabe a comida

Todo lo que pienso cuando escucho esta playlist son planos de comida a cámara rápida y lenta. Cada canción me recuerda a un plato, a un producto, a una textura o a un color. A mi gente gozosa comiendo. Amo esta lista. 

 

Cada vez que le doy al play, mi cabeza se llena de planos: algunos a cámara lenta, otros acelerados. Manos que entran y salen de cuadro. Vapor. Brillo. Texturas. Mate. Gente gozosa comiendo. No hay un orden racional. Es más bien una sucesión de recuerdos, sensaciones y escenas donde la música y la gastronomía se mezclan hasta no saber muy bien dónde empieza una y termina la otra.

Cada canción me lleva a un plato. A un producto. A un color. A un olor.

Veo a Inés comiendo con palillos con esa elegancia natural que tiene. Ella es china de cuna, y hay algo profundamente suyo, casi coreográfico, en la forma en la que se mueve frente al plato. 

Veo un erizo de mar abierto un domingo de coros en Cádiz. Yodo, sal, boca abierta. El mar entrando directo al cuerpo mientras de fondo suena esta canción de Campuzano

Aparece el carro de un buey de mar. Hembra. El peso. La contundencia. La promesa. Bien de coral. 

Luego, un huevo frito perfecto: la puntilla crujiente, el centro tembloroso. Textura pura. Sonido casi audible.

Huelo café recién hecho a primera hora de la mañana. Ese olor que ordena el día antes de que empiece.

Todo se tiñe del rojo exacto del atún salvaje de almadraba. Ni más ni menos. Ese color que ya te dice que va a estar bien antes de probarlo

Hay un momento en el que la anchoa es pura mantequilla. Se deshace sin resistencia. Y en ese mismo plano veo a Inés comiéndose los garbanzos con langostinos de Goyita. Y a mí, cucharada furtiva, robando la bechamel de la lasaña de Inés. La vidaaa.

 

Suena otra canción y aparece el arroz blanco de mi abuela, mamá Juanita. No he probado un arroz en blanco como el suyo. El arroz más simple y más perfecto que he probado nunca. Blanco absoluto. Puro. Como su pelo.

 

Veo a mi padre chupando galeras, sin prisa, concentrado. Armonioso.

A mi madre mojando el pan caliente en la yema de un huevo frito. Yema líquida. Despacio. Sin mirar a nadie.

A Bruno tomando tortitas con nata. Nata hasta la nariz. El mundo, por un momento, está bien.

A Pepichi comiendo papas arrugás con mojo picón de mortero de los Aguiares, espeso, rojo, sin miedo. 

Arturo comiendo croquetas. Crujen al morder. Se quema. Sonríe. Repite.

 

Eso es esta playlist. Una sucesión de escenas donde la música hace que todo sea un poco más bonito. Donde la gastronomía se convierte en recuerdo, y el recuerdo en emoción.

Y de repente, Inés gozando un mango sticky rice. Dulce, pegajoso, tibio. Un final perfecto.

Humo Food Studio
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